
Casi siempre me ocurre lo mismo.
Conozco la Sierra desde un verano de hace aproximadamente 25 años en que me la presentaron unos amigos a través de tres jornadas maratonianas e irresistibles en que no quedó un msculo o un hueso sin resentir. Desde entonces me"enganché" con ella (más bien a ella) y no pasa año sin que me pierda una o unas temporadas por sus lagunas y sus pedregales.
Los días que esto ocurre son agotadores, los atardeceres mágicos y las noches irrepetibles. La sopa de sobre sabe a gloria y el cielo se encarga de transportarte al sitio donde nací de hace cincuenta años. De pronto te das cuenta que sigue existiendo La Vía Láctea y Casiopea. Todo está al límite, se vive a tope, el frío es el más frio, el calor el más caluroso. Pero uno siente y vive.
Pero luego regresas y ... ¡¡¡zas!!! qué bajón... de pronto te invade la depre y una cierta melancolía.
Y así estoy.
Y es que ayer domingo, con mi buen amigo, le hicimos una visita. Estaba algo fría y no nos dejó llegar al Corral del Veleta; eso sí, se dejó admirar y fotografiar y al final nos echó con unas nubes amenazadoras y un vientecillo que cortaba el cutis.
Pero yo no desisto, volveré a hacerle otra visita y volveré a experimentar la melancolía del "día siguiente".
Conozco la Sierra desde un verano de hace aproximadamente 25 años en que me la presentaron unos amigos a través de tres jornadas maratonianas e irresistibles en que no quedó un msculo o un hueso sin resentir. Desde entonces me"enganché" con ella (más bien a ella) y no pasa año sin que me pierda una o unas temporadas por sus lagunas y sus pedregales.
Los días que esto ocurre son agotadores, los atardeceres mágicos y las noches irrepetibles. La sopa de sobre sabe a gloria y el cielo se encarga de transportarte al sitio donde nací de hace cincuenta años. De pronto te das cuenta que sigue existiendo La Vía Láctea y Casiopea. Todo está al límite, se vive a tope, el frío es el más frio, el calor el más caluroso. Pero uno siente y vive.
Pero luego regresas y ... ¡¡¡zas!!! qué bajón... de pronto te invade la depre y una cierta melancolía.
Y así estoy.
Y es que ayer domingo, con mi buen amigo, le hicimos una visita. Estaba algo fría y no nos dejó llegar al Corral del Veleta; eso sí, se dejó admirar y fotografiar y al final nos echó con unas nubes amenazadoras y un vientecillo que cortaba el cutis.
Pero yo no desisto, volveré a hacerle otra visita y volveré a experimentar la melancolía del "día siguiente".