Pues si señor...¡ a quién se le ocurre en una jornada electoral internarse en lo más recóndito de la Sierra!, pues ¡a quién va a ser!, a mí. Tal vez buscando la urna donde se votan las ilusiones, los imposibles, las quimeras más deseadas. Y hacia allá me encaminé. A dosmil y pico metros, a través de la nieve de último de mayo, que era mucha, permitiéndome el lujo de utilizar el forro polar cuando el resto de los electores ejercían su derecho en manga corta.
Pero casi todos los imbéciles tienen suerte y la mía vino de la mano de los benditos amigos que me acompañaban (por cierto que no se me ocurrió preguntarles si ellos buscaban también esa urna imposible) que rápidamente me vendaron el tobillo y me administraron un anti inflamatorio.
Y de esa guisa retorné a la civilización, donde las urnas son de metacrilato y donde sobran papeletas por doquier. Una vez allí me limité a buscar la que más se ajustaba a mi estado de ánimo (no encontré la papeleta de las quimeras imposibles) y depositarla en manos del presidente de la mesa electoral que con una parsimonia algo exagerada la introdujo en la urna a la vez que pronunciaba mi nombre.
Ese día renacieron muchas ilusiones y también hubo decepciones, decepciones de partidos que, al igual que yo, también metieron la pata buscando una quimera imposible.
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